La actuación del artista puertorriqueño en el evento deportivo más visto del mundo volvió a poner en primer plano la discusión racial en Estados Unidos y dialoga, desde otro lugar, con lo que ocurre en Salta: discriminación estructural, discursos de odio y una política que copia moldes ajenos. Y en Salta: ¿más Conejo o el Pato Trompeta?
La presencia de Bad Bunny en el Super Bowl no fue solo un momento musical dentro de un espectáculo global. Fue, una vez más, una irrupción cultural que interpela. Un artista latino, caribeño, no anglosajón, ocupando el centro de una escena históricamente dominada por una narrativa blanca y empresarial, en un país atravesado por tensiones raciales profundas.
En Estados Unidos, el debate sobre inmigración, racismo y exclusión volvió a endurecerse con el avance de discursos que reivindican fronteras cerradas, identidades “puras” y políticas de expulsión simbólica y material. No es casual que esas posturas encuentren eco en figuras como Donald Trump, cuyo legado sigue marcando el clima político y social del país.
Ese espejo también refleja realidades más cercanas. En Salta, la discriminación hacia inmigrantes de países limítrofes —bolivianos, paraguayos, peruanos— no es un fenómeno nuevo, pero sí cada vez más legitimado desde el discurso público. La estigmatización, el señalamiento y la construcción del “otro” como amenaza forman parte de una lógica que cruza fronteras y se adapta a contextos locales.
Mientras Bad Bunny irrumpe desde la música popular cuestionando estereotipos y reclamando lugar para identidades históricamente relegadas, en la política local se ensayan gestos y discursos que emulan recetas importadas: mano dura, exclusión, simplificación del conflicto social. Una versión criolla del trumpismo que encuentra terreno fértil en el miedo y el prejuicio.
La pregunta queda flotando, incómoda pero necesaria: en un mundo que discute diversidad, derechos y representación, ¿qué modelo se elige reproducir? ¿El del Conejo Malo ocupando espacios de poder simbólico o el del Pato Trompeta amplificando el odio como herramienta política?