Claramente preferimos a Nicolás

Cuando el Presidente declara muerto a Maquiavelo, la política sonríe en las sombras

En Davos, Javier Milei citó a Nicolás Maquiavelo para luego anunciar, con tono sentencioso, que “Maquiavelo ha muerto”. La frase buscó clausurar la política tradicional, pero terminó revelando algo más inquietante: mientras el Presidente reniega del arte del poder, su gobierno lo practica con una precisión quirúrgica, lejos de los reflectores.

En el Foro Económico Mundial de Davos, Javier Milei apeló a Nicolás Maquiavelo como figura retórica para, acto seguido, declarar su defunción simbólica. No fue una cita inocente ni un desliz intelectual: fue una toma de posición. Para Milei, Maquiavelo representa la política del cálculo, la astucia, el equilibrio de fuerzas. Declararlo muerto equivale a afirmar que su gobierno no negocia, no transa y no especula. Solo avanza.

Sin embargo, la historia enseña otra cosa. Cada vez que el poder se proclama “transparente”, “moral” y “anti-político”, suele estar reorganizando la política por otros carriles, menos visibles y más eficaces.

Aquí aparece la ironía central: negar a Maquiavelo es profundamente maquiavélico.

Porque Maquiavelo nunca fue el cínico vulgar que suele caricaturizarse. Fue, ante todo, un observador lúcido del poder real, no del poder declamado. Entendió que gobernar implica conflicto, administración de temores, construcción de consensos y, sobre todo, manejo del tiempo y de las sombras. Los verdaderos genios del poder jamás se comparan con él ni anuncian su muerte: simplemente lo aplican.

Por eso, frente al tupé presidencial de declararse por fuera de esa tradición, claramente preferimos a Nicolás. No por nostalgia académica, sino por honestidad intelectual.

El poder que no se nombra

Mientras Milei se muestra como un líder frontal, hipervisble y confrontativo, el andamiaje más delicado del poder libertario se mueve en otro plano. Allí aparece la figura de Santiago Caputo, estratega central del oficialismo y actual responsable político del área de inteligencia.

Caputo encarna exactamente aquello que el Presidente dice haber superado: la acción en las sombras, la construcción de relatos, la segmentación de enemigos y aliados, el manejo quirúrgico de la información y la desinformación.

No es casual que muchos analistas lo describan como un lector aplicado de El Príncipe. No el libro superficial de frases sueltas, sino el manual real: cuándo exponerse, cuándo callar, cuándo golpear y cuándo dejar que otros lo hagan.

En ese esquema, Milei no entierra a Maquiavelo: lo terceriza.

El mago de Kremlin, versión local

La referencia a El mago del Kremlin no es caprichosa. Como en la novela, el poder no se ejerce solo desde el atril ni desde los discursos encendidos, sino desde la ingeniería silenciosa que ordena el caos, crea climas y anticipa movimientos. La épica libertaria necesita de ese contrapunto invisible para sostenerse.

Así, mientras el Presidente proclama el fin de la política clásica, su gobierno la ejecuta con manual en mano, pero sin admitirlo.

Maquiavelo no murió en Davos.
Murió, si acaso, en el discurso.

En la práctica, el poder sigue haciendo exactamente lo que siempre hizo: administrar conflictos, disciplinar actores y construir hegemonía. La diferencia es que ahora se lo niega en público mientras se lo perfecciona en privado.

Por eso, sí: claramente preferimos a Nicolás.
Al menos no fingía que el poder no existía.

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