Divididos en Salta: remontar un barrilete en esta tempestad

La aplanadora volvió a sacudir las estructuras en una noche íntima, intensa y necesaria para el público rockero salteño.

El regreso de Divididos a Salta fue mucho más que un recital. En tiempos atravesados por el cansancio social, la apatía y cierta sensación de vacío cultural, la banda encabezada por Ricardo Mollo apareció como un recordatorio de que el rock todavía puede ser refugio, descarga y encuentro.

Desde el inicio, la fecha tuvo un condimento particular: el cambio de escenario hacia un espacio más reducido. Lejos de jugarle en contra, esa decisión terminó construyendo el clima perfecto para la noche del sábado. Menos multitud, más pertenencia. La sensación era clara: estaban todos los que tenían que estar. Sin imposturas, sin pose, sin lugar para caretas.

En Salta sabemos de dificultades en la escena, casi una historia que nos acompaña desde el inicio de los tiempos. El reloj avanzó y el furor rockero exclusivamente también. Y aunque esto no sucede sólo aquí, “en la tierra de Güemes paradójicamente no hay lugar para infernales (la religión es cosa seria)”. La frase sobrevuela como síntesis perfecta de una provincia donde el rock muchas veces parece sobrevivir a contramano.

Por eso el show de Divididos tuvo algo de recuperación emocional. Los discípulos del poeta italiano devolvieron por un rato esa intensidad que muchos creían perdida: el volumen demoledor, la pared de amplificadores a los costados de la batería y la sensación física de estar frente a una de las bandas más poderosas del rock nacional.

Entre volumen extremo, clásicos coreados y una conexión directa con el público, la banda volvió a demostrar por qué sigue siendo una referencia indispensable para varias generaciones. En una época donde todo parece diluirse rápido, el recital funcionó como una pequeña resistencia colectiva.

Larga vida a esas noches donde el rock todavía hace temblar las paredes.

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