El 4 de agosto de 2001 quedó marcado para siempre en la historia del rock argentino. Esa noche, ante unas 45 mil personas en el estadio Chateau Carreras de Córdoba —hoy Mario Alberto Kempes—, Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota ofreció el que sería su último recital. Nadie lo sabía. Ni la banda, ni el público, ni la historia había escrito todavía el final.
El show formaba parte de la presentación de Momo Sampler, el último disco de estudio de la banda. Era la tercera fecha de esa gira y, en apariencia, una misa ricotera más. Pero pocos meses después, las diferencias irreconciliables entre Carlos «Indio» Solari y Eduardo «Skay» Beilinson terminarían provocando la disolución definitiva del grupo.
Una despedida sin anuncio
A diferencia de otras grandes bandas del rock, Los Redondos nunca anunciaron su separación ni organizaron un recital de despedida. El final ocurrió sobre un escenario, casi de manera accidental.
El concierto repasó clásicos de toda su carrera con temas como «El pibe de los astilleros», «Mi perro dinamita», «Queso ruso», «Noticias de ayer» y «Jijiji», que volvió a desatar uno de los pogos más grandes del país. Pero esa noche hubo un detalle que con el tiempo adquiriría un significado especial: después de «Jijiji», la banda regresó para un bis y cerró con «Un ángel para tu soledad». Esas fueron las últimas notas que tocaron juntos.
El último «chau»
Durante el recital también quedó un momento que los fanáticos recuerdan hasta hoy. Molesto por algunos objetos que arrojaban desde el público, el Indio Solari interrumpió brevemente el show para pedir respeto. Ya sobre el cierre, al terminar «Un ángel para tu soledad», lanzó un simple «Chau, nene… gracias».
Con los años, esa frase adquirió un peso inesperado: terminó siendo la despedida definitiva de la banda más convocante e influyente de la historia del rock argentino.
Un fenómeno que sigue vivo
Aunque Los Redondos nunca volvieron a reunirse, su legado permanece intacto. Las carreras solistas del Indio Solari y Skay Beilinson mantuvieron viva la mística ricotera, mientras miles de seguidores siguen recordando aquellas «misas» como una experiencia cultural irrepetible.
Veinticinco años después, el recital de Córdoba continúa siendo mucho más que un concierto: representa el cierre silencioso de un fenómeno musical que marcó a varias generaciones y cuya influencia sigue presente en la cultura popular argentina.